proviene de la autonomía del individuo y lo compromete con la realidad. Las características principales son:
La lucidez: un aprecio por la distinción entre lo real y lo imaginario, para ver el mundo como es y para el entendimiento común.
El respeto por la evidencia: una persona razonable respeta la evidencia verificable, aún cuando no concuerda con los sentimientos o convicciones personales.
La deductividad: la buena costumbre de inferir nuevas explicaciones constantemente a partir de conocimientos verificables y/o nuevos descubrimientos. Así, se amplían las creencias razonables, se descubren incoherencias y cada nueva propuesta se considera con mayor sensatez.
La transparencia intelectual: en la búsqueda del conocimiento públicamente verificable, las explicaciones se ponen a la prueba. Las explicaciones son siempre tentativas y refutables ante los hechos reales y nuevos descubrimientos.
La aceptación de la Crítica: una persona razonable acepta el desafío de verificar sus ideas y creencias personales. Reconoce que puede equivocarse; por eso, deja hablar al otro, ya que escuchando se aprende también.
La subordinación a la razón: una persona razonable valora las razones bien fundadas más que los sentimientos personales.
La coherencia: Actitud lógica y consecuente con una posición anterior. Vale cambiar de opinión ya que siempre surgen nuevas situaciones, pero hay que utilizar un criterio consistente en las opiniones de hoy.
La búsqueda de la probabilidad: en cuestiones prácticas, cada afirmación tiene su contradictoria. Para decidir cuál de las dos es la más probable, corresponde examinar prolijamente todas las consideraciones posibles, decidiendo en cada una si apoya más a la afirmación, o a la contraria. |